25 dic. 2010

Frágil corazón

No me enojo, tan sólo me decepciono. Esas siempre fueron sus palabras. Así fue como su corazón fue endureciéndose más y más, tornándose más y más débil. Hasta que un día, al escuchar un último perdón, su corazón no tuvo más remedio que caerse y hacerse añicos.

24 dic. 2010

Noche estrellada

En esta noche abierta admiro perfectamente cada una de las estrellas que vislumbro. Siempre se me figuraron como ojos diminutos que me observan desde lo lejos. Quisiera saber quién como yo desde este lado del universo, se detiene a pensar en estas cosas, pero a años luz de distancia.

Narcisismo

Me enamoré. Recuerdo el día exacto en que vi el reflejo de mi rostro en sus ojos. Como si fuera un lago me lancé hacia a ella y morí en sus brazos.

23 dic. 2010

Esperar es absurdo, dijo y el último grano de arena caía al vacío. 

La hora de la catarsis



Siendo las 0:32 de un sábado en mi país, les digo buenos días. He acudido a mi taller literario. Al momento de ir la lluvia arreciaba directamente en el colectivo, parecía que iba a chocar, que algo grande estaba por suceder, pero no tenía miedo, es más deseaba que algo rompiese con esa gris monotonía. Al volver, leyendo "Naúsea" de Sartre, me sentí solo. Un punto que viaja en un medio de transporte. Mis compañeros de travesía eran diferentes, son diferentes. Todas las semanas se repite el mismo episodio; soy uno que lee, lo demás o me ningunean o se mofan de mí, el porqué nunca lo sabré. Sé que me siento aislado, o como le hace decir a Roquetin "de más". Otro segundo que pasa es un pensamiento más que se suma para restar; cada vez estoy más lejos, es como si tuviera una carga opuesta a los otros. No, YO soy el otro. "Me sobrevivo", como dice Anny. 
Me descargué.

Paranoia


Los rostros se dilatan más y más. La relatividad del mundo me ahoga. Quiero besarte, me acerco pero me rechazas-¿O es que tú vienes y yo me escurro? 
La mente se llena de olvidos, el de tu cara, de tus gestos y me inundan recuerdos futuros de instantes no sucedidos. 
Tengo en la boca un gusto a mar que no probé, sin embargo tus besos se han ido. Quiero despertar pero no estoy soñando.

Sentimiento salado

Al pronunciar mi primer y único No una lágrima brotó de tu ojo derecho, aunque más bien parecía que nacía de tu alma. Si lo hubiera sabido antes hubiera dicho SI, para no ahogarme en este mar de tristeza.

11 dic. 2010

Lluvia-un relato acorde al clima reinante en estos días

Lluvia
Llueve. Llueve demasiado. Ha llovido toda la noche, aquí y allá. Siempre que sucede me pregunto, por qué lloverá tanto ¿Qué Dios ha destinado esta tempestad? Pero no logro encontrar respuesta. Tampoco puedo medir de manera precisa si es que aquí llueve con mayor intensidad o si es mucho más cuantioso el diluvio del otro lado. Una, dos, tres, decenas, centenares, miles, millones de gotas o tal vez me equivoco y es continuamente la misma gota que se duplica, triplica y así. No sé. Soy un cúmulo de incertidumbres. Tenemos paraguas, ese no es el problema, el problema es que no cesa. ¿Cómo detener esta lluvia, si ni siquiera comprendemos su origen?
         Son gotas, pero gotas saladas. ¿Cómo resistir a la irrefrenable tentación de abrir la boca a la espera de las gotas de lluvia? El que lo niegue estará mintiendo. Sabe a un mar ya conocido por mi lengua. Es un recuerdo muy lejano, pero recuerdo al fin. Cuando niño solía salir a la calle con una especie de tambor tratando de detener la lluvia. Ahora, ya menos niño me inunda un sentimiento opuesto, deseo que no cese de llover. Tengo la impresión de que algún día toda el agua del mundo se acabará. Que el sol absorberá demasiada agua de todo recoveco y el mundo se va a secar. Por eso mismo celebro cada vez que veo agua caer.
         En los noticieros radiales y televisivos presagian una constante y decidida lluvia para todo el mes. Es un pronóstico no muy arriesgado, teniendo en cuenta que durante tres días la tormenta no ha concluido y sumado a que sólo restan dos días para completar el mes. Además si nos remontásemos a épocas antiguas ya lo habríamos concluido, de contar el mes con veintiocho días, un año lunar.
         Somos cuatro en esta casa. Mi pareja, el perro, la gata y yo. Al parecer soy el único alegre por el “mal tiempo”. Los animales no dejan de aullar y de dar vueltas por toda la casa, haciendo imposible conciliar el sueño. Pero está de más decir que yo tengo escasos deseos de dormir, me paso el día admirando el afuera a través de la ventana, mientras ella se la pasa con los pelos de punta, los brazos en alto y gritando como si el Apocalipsis se avecinara. Yo le dije una y mil veces que el Apocalipsis comienza cuando uno nace, y que es lento, un proceso muchas veces interno, otras no tanto pero como todo culmina, nos morimos. En el peor de los casos uno se muere de inanición, mucho antes que de puro ser humano, y es un vivo muerto. Mas esta muerte viene a desperdiciar de alguna manera a las demás vidas, que se creen luchadoras contra un enemigo siempre eficaz, contundente y mejor: el tiempo. Mas el final es siempre el mismo como el principio, lo que varía es lo que está en el medio.
         Escribo en la ventana “Lo importante es creerse inmortal, pero sabiéndose esclavos de nuestra mentira” mi frase favorita. Como en el amor, tenemos que tener la fe de que el tiempo es eterno, creernos en algún punto dioses, si nos detenemos un minuto a contemplar la vida tal y cual es realmente, nos daremos cuenta de su sin sentido, y si persistimos un momento más nos perderemos toda la vida. Pero sólo hay que mentirnos un poco. No andar por la vida como gatos con siete o nueve vidas arriesgando una-que es la única- por cualquier parte.
         ¡Que dulce melodía, la de la lluvia en mi techo! Siempre en mis soliloquios aparece algo relacionado a esta música. Es ideal para pensar. Lo que consigo pensar es que es un tanto discorde con el perro, la gata y mi mujer gritando al unísono, pero trato de separar los sonidos más apacibles. 
         Ya el agua comenzó a filtrarse con calma por debajo de la puerta. Con mi mujer nos miramos estupefactos. Era la segunda vez que se llenaba de agua la casa. Mas aquella ocasión nuestras mascotas no se encontraban en nuestra posesión. No estas. Teníamos un loro y un águila. Ambos se escaparon cuando la casa se estuvo por convertir en una pecera. Ahora estos dos-el perro y la gata- son terrestres, ergo que se escapen es un hecho un tanto inverosímil.
         Siempre tuvimos la ilusión de comprar una pileta, pero por diferentes razones sobrevivimos sin ella. En estos instantes el agua ya nos llega a la cintura y sigue avanzando en su carrera vertical hacia el techo. Por suerte tuve una idea que ahora la creo maravillosa. Tenía mucha, pero mucha sed. Comencé a tomar el agua. Mi pareja me miraba con susto como expresando un asco terrible ante mi  acción de beber el agua entrante.
         En pocos minutos el agua ya ni mojaba los tobillos. Como mi sed continuaba, salí de mi hogar y emprendí una ardua tarea, beber toda el agua que se me cruzara en mi camino. En una hora yacía boca arriba absorbiendo el agua que caía del cielo y con una sed infinita.
         Llegado el momento de culminación de la lluvia, la gente me aplaudía porque gracias a mí había detenido el terrible anunciado diluvio. Pero en mi opinión sólo deseaba saciar mi asombrosa sed.
         Me dieron una placa, quinientos mil dólares y un globo. Dos semanas luego, la gata jugando me rasguñó la panza y empezó a salírseme el agua.  

Retazos de escritos sin sentido



Mi madre me entregó algo amorfo, de color amarillo, feo. Al principio le sospeché una calidad insectívora pero luego me di cuenta de mi error. Como al pasar se me cayó en el patio de mi casa, ese que tiene una tierra muy fértil. Los días fueron pasando y yo contemplaba cómo en una zona del fondo de mi hogar una pequeña planta iba creciendo.
Pasaron dos meses, una gran planta adornaba nuestro pequeño patio, de las puntas de las ramas brotaron ñoquis; mi abuela todos los domingos los corta y comemos las pastas más ricas que he probado. ¡Nada mejor que las pastas de la abuela!






Me han dejado en una caja de cristal, de cristal polarizado. No puedo ver con nitidez el exterior, la opacidad me inunda. Un haz de luz atraviesa un vértice de la caja, la misma se rompe en miles de pedazos. Salgo y ña claridad irrumpe en mis ojos, me encandila, me deja ciego. Camino pero no encuentro sitio que me conforme; todos son parlanchines de una lengua inenteligible. Quiero volver a mi caja, a mi soledad. Aquí, en el exterior, estoy más solo.


Colgado de las patas del pajarraco más feroz-mi pasión-vuelo hacia los recodos más rocosos de mi imaginación. La velocidad a la que soy arratrado es casi inverosímil, siento desintegrarme a cada momento, pero me aferro fuertemente para no caer. Caer sería, volver a la realidad. Por fin, puedo dormir en la luna, junto a los lunáticos, me estaban esperano; me coronan rey y me recuesto en un cráter.


Un ruido me despierta, alguien ha muerto. Corro para observar de quién se trata. Es un largo y cruento minuto. ¡El tiempo se está muriendo! Exclamo alarmado. Quiero gritar pero me es imposible, el sonido también ha fenecido. ¿Olvidar su voz, el canto de los pájaros, a Wagner? Nunca.Pero, pero....Todo es olvido...Vuelve a empezar, eterno retorno.






Puedo caminar, puedo correr y también puedo volar. No sé si sueño o estoy en la vigilia. Solo sé que soy un gigante. Tengo el poder de dominar la palabra, esa que enamora, esa que es sublime. Pero tengo el cuidado de no desperdiciarla, como todos los poderes, se va agotando. Algunos creen que soy callado, serio. Esos no me conocen. Yo hablo, hablo del paraíso, ese donde tú estás. Pero hablo con los que desean escucharme, con el alma hasta quedarse sordos, hasta que se me desgarre la garganta; escribo con sangre para los que prefieren leerme hasta cegarse a través de mis letras. Ya he dicho mucho por hoy.






El gigante volvió. Tengo un bombín, un frac y deambulo por la ciudad. Extraño demasiado a mi musa, a mi inspiración. Está dando vueltas por el mundo, recorriendo lugares, recogiendo el aroma de las cuatro estaciones, rozando sus tersas manos con las sinuosidades más hermosas y viendo el paisaje más sublime: la luna reflejada en el mar. Pronto seré más grande aun. Y cuando lo sea, los que saben leerme lo observarán.


¿Puedo no ser un gigante? No me dejan ser otra cosa. Tengo en cada extremo dos semillas que germinan poco a poco. Ambas son sensibles pero a la vez fuertes. Repito ¿Puedo no ser un gigante? Ya no son semillas, si no los frutos más grandes y jugosos. No son frutos que alimentan a mi estómago. No. Los absorbo y a través de mis venas mi corazón se va llenando de ellos. No puedo ser otra cosa más que un gigante que se acrecienta sorbo a sorbo. Ahora me mofo de la muerte.






Utilizo el silencio no como lo hace la mayoría de las personas inteligentes: como una forma de agresión, incomodando a los demás; como una muestra de complicidad, ese silencio que une. No. Es más yo no lo utilizo, es el medio con que se muestra el sentimiento que rige a casi toda mi persona: el miedo. Ante el miedo de romper con la cotidianeidad, ante el pavor de cometer un yerro, callo. Soy presa del silencio…


Tengo terror de no haber cambiado en lo más mínimo. Este sentimiento radica en que no quiero ver que el calendario ha ido avanzando, y sin embargo darme cuenta que yo sigo siendo el mismo. Sería realmente indeseable verme al espejo, observar el reloj, pensar cuántas horas han pasado y yo no he crecido, ni sentimental ni mentalmente; no he sufrido-redundancia, pues sufrir es crecer si bien se lo mira. Me encuentro caminando despacio sobre un suelo pedregoso, bajo la mirada para contemplar con estupor que tan sólo están mis huellas; no familia, no amigos, no nadie. Parpadeo unos segundos para vislumbrar que ahora ni mis pisadas se encuentran. Hasta el que escribe se ha esfumado.


Amo a la luna más que a cualquier ser-humano o no. Puedo contemplar su resplandor durante horas infinitas, el solo hecho sentirme iluminado por su luz ya me tranquiliza. Quisiera morir en ella.

7 dic. 2010

Cuarto

Cuarto
            El ventilador gira eternamente apostado en el techo del aula. Pero ¿Realmente es el  artefacto el que se mueve? ¿O las aspas y todo el ventilador se queda inmóvil y lo que se desplaza a su alrededor es el cuarto a una velocidad inusitada? ¿Por qué ocurre todo esto?  Desde que he ingresado a este sitio las cosas no han sufrido variaciones, digo las cosas pues yo sí me he visto alterado. La angustia existencial típica, esa la de creerse  por fuera de las cosas, se ha visto aumentada por el hecho de que nada, absolutamente nada en esta habitación me es familiar.
            ¿Por qué he entrado? No creo que exista una explicación cabal, tan sólo puedo afirmar que tenía que entrar aquí. La puerta, un pedazo de hierro macizo muy sólido ha clausurado el recinto detrás de mí ¿Le habré vedado el deseo de penetrar a otro como yo? No lo sé Más aun ¿Quién sería otro como yo? ¿Quién soy a fin de cuentas?
            Abro los ojos y despierto. Eso hubiera sido perfecto. En cambio, cierro los ojos y me sueño en una cena repleta de comensales. La mesa era exageradamente larga, infinita, no alcanzaba a divisar a mi último compañero de la comida. Un chef de una estatura despreciable tiene sobre si cabeza una bandeja de plata tapada enorme. Por fin la apoya sobre la mesa, en frente mío. Destápala ahora, me ordena. Procedo a obedecer y en cuanto me dispongo a observar lo que se encuentra dentro de la bandeja una gota fría cae sobre mi párpado derecho. Vuelvo a la realidad.
            ¿Por qué antes no había apreciado la ventana que se halla delante de mí? Me acerco a ella y con sorpresa advierto que el mundo está afuera, ¿He estado tan distraído que no percibí una segunda ventana al lado de la primera? Camino hacia la que he vislumbrado recientemente y antes de que pueda asomarme un destello me enceguece. Al cabo de un tiempo indeterminado despierto en el mismo lugar. Me digo resignado que fue un yerro haber entrado, ya no puedo salir de mí.

5 dic. 2010

Reflexiones vindicativas

            ¿Qué hay luego del rechazo? Lo que primero que se nos viene a la cabeza es el amoroso, pero todos son iguales. Cualquiera comienza y termina con un NO. Esa negativa implica la desafección de nuestro ser en cualquiera de los sentidos de los que se trate. Ante este acto ¿Qué hacer? ¿Cómo actuar? Se pueden derramar lágrimas, lamentar por días y días. O se puede ser superior que ese dolor y crear con él. Alejandro Dolina cada vez que es preguntado si la tristeza es preferible a la alegría para el artista, con frecuencia responde que da lo mismo, un artista creará con cualquier sentimiento; en cambio uno que no lo es, ni aunque se le mueran todos a su alrededor será un artista de cuarta categoría. Yo, que no me considero nadie digno de aquél mote, opino que tomar una pluma, un pincel, un instrumento y creernos inmortales o hacer arte que es algo similar, nos engrandece. Esta acción, aunque seamos unos ineptos en lo que nos desarrollemos nos acercará un pasito a la conversión en dioses. ¿Por qué? Dirá aquel que se haya perdido en este enjambre de palabrerío. Sencillo comensal mío, el arte, esa forma de acortar la distancia a vislumbrar la belleza pura, plasma en nuestros ojos y almas las ansias de eternidad; aun más, la aspiración a lo perfecto nos hace menos imperfectos, en el arte no existe ni tiempo ni espacio, tan solo lo efímero. Por lo tanto cada NO se transformará en su contrario en su máxima expresión: un rotundo SÍ de la vida, una demostración de que si DIOS existe es el que creamos con nuestros sentimientos.
¡Juntemos lágrimas, pues y atiborremos de monumentos y relatos por doquier! ¡La inspiración no nos aguarda sentada!

2 dic. 2010

Escritor en café-1

Llueve, Las gotas se esparcen una a una por las ventanas del bar como no queriendo descender, hasta podría decirse que poseen pequeñas garras que se prenden a los vidrios en un vano intento de resistencia. De los ventanales empañados parecen surgir letras, palabras que me dicen algo, un mensaje cifrado. Pestañeo pero las frases se pierden y me lamento.  Un nuevo día, la misma cita. El papel se encuentra delante de mi rostro pidiéndome que le hable, que conversemos, que tengamos esa charla única que sólo pueden tener un escritor y su materia prima. Pero lo observo y esta vez pienso, no, hoy no va  poder ser.
            Un murmullo que cada vez se hace más audible me ataca desde todos los ángulos. Otra vez, miles de palabras que se confunden entre la multitud, otro mensaje que no alcanzo a codificar. ¿Será que hoy no estoy muy sensible? Tal vez esa sea la razón, o mi musa se fue de paseo. Recuerdo cuando escribir me resultaba tan fácil o más que respirar: nada más que sentarme frente a la computadora o un cuaderno en blanco y mi mano se movía sola, presa de fuerzas de orígenes inexplicables, llenando páginas y más páginas.
            ¿Qué necesito para escribir? Trato de buscar en mi memoria algún disparador, algo a lo que aferrarme desesperadamente, para seguir viviendo. Un recuerdo triste, eso siempre ayuda. Busco muertes de familiares, rupturas amorosas, fracasos laborales. Nada, parece que hoy no es mi día.
            El sobre de azúcar me atrae fuertemente. Ese no lo tengo, me digo. Hace unos años los junto, mi colección casi supera los mil sobrecitos. Este tiene un dibujo extraño, un monigote un tanto deforme que juega al ajedrez con un elefante. Lo tomo y lo guardo en mi bolsillo derecho.
            Mis pupilas deambulan por todo el recinto buscando una imagen que apuntale a mi imaginación, hasta que por fin encuentro “algo”. Mejor dicho encuentro a alguien. En mis relatos he imaginado miles de mujeres, bellas y no tanto, cada una se adecuaba a la trama en sí, cada elemente encajando perfectamente como en un rompecabezas. Sin embargo, la dama que vislumbraron mis ojos no se parecía a ninguna que hubiera pensado. Era una de las señoritas que atendían las mesas, vestía un delantal blanco. Cada tanto se acomodaba el pelo detrás de su oreja izquierda y en ese acto iba moldeando su rostro más y más. Sus ojos variaban entre el verde y el azul dependiendo de la luz a la que se vieran sometidos; me llamó la atención el hecho de que en ningún momento la vi sonreír.
            Le hice señas para que se acercara a mi mesa, necesitaba otro café y además aprovecharía para admirarla más de cerca. Temía tanto que se esfumara al ir reduciendo su distancia a mí, que no dejé de mirarla ni un instante. Quizá por eso se sonrojó un poco al hablarme:
-Hola ¿Querés que te traiga algo más?-dijo y sus pómulos se tornaron más rosados.
-Si ¿Puede ser otra lágrima?-le dije señalándole la taza vacía.
-Cómo no. ¿Algo más?-y vi sus ojos con mayor precisi
-Si, una idea- allí mismo sucedió el milagro. Al unísono sus bellos ojos cobraron un brillo que antes no pude apreciar y su boca se amplió en la medida justa: la sonrisa tan esperada.