Se detuvo en un semáforo, sobre la avenida esa que tiene un gran teatro. A veces cree que los semáforos son como unos circos ambulantes, pues por allí-en los semáforos- desfilan malabaristas, tragasables, escupe fuego, monos con navaja, enanos jugadores de básquet, gigantes que andan en monociclos, etc. Ese día había un mago, tenía su particular galera, su traje tan elegante y su ayudanta con un vestido rojo brillante. Como no alcanzaba a apreciarlo con toda la amplitud requerida, tomó del asiento del acompañante su calidoscopio multicolor, se dispuso a observar el show. Ese actor-los magos son actores también- parecía estar triste, realizaba cada movimiento con demasiada tranquilidad como si estuviera agonizando, como si cada respiro fuera el penúltimo. Tan desanimado estaba el ilusionista que los trucos que efectuaba eran claramente predecibles, dado que se podía ver al conejo asomar sus largas orejas por uno de los intersticios de la caja, a la paloma ulular antes de que se pudiera crear la atmósfera propicia para el misterio. El semáforo se puso en amarillo, analogía del cierre del telón, miles de bocinas sonaron ordenando que se despejara la calle. El hombre, que se llama Gustavo salió de su auto y comenzó a aplaudir, solo. Pocas imágenes son tan tristes como la de un individuo que incurre en esa acción sin compañía. Una mujer que parecía haberse levantado hace poco más de unos minutos porque llevaba unos ruleros encima de su cabeza y un camisón con flores, casi lo atropella. La misma transportaba una virgen cual devota. Cuando un lapso de tiempo demasiado largo hubo transcurrido ya todos querían llevárselo por delante, aunque él nada más quería seguir ovacionando al mago.
Y el mago se murió. Se desplomó sobre el pavimento, casi aplastando a sus mascotas. Gustavo salió corriendo en su auxilio. Pero el señor ya no se movía, es más, el cemento fue absorbiéndolo, dejando solamente sus ropas. La muchedumbre todavía deseaba pasar y en la excitación también embistió a Gustavo. Un niño que vestía una remera con la cara de Alf y que iba cantando “La Bamba” tomó el caleidoscopio que se hallaba al lado del cadáver y se dio a la fuga. Después de tantos días llovió con sol.